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Dune
Dune: Mesías

Dune y Dune: Mesías

Apuntes sobre otra temporalidad

Frank Herbert

Ciencia ficción
Dune
TraducciónDomingo Santos
EditorialDebolsillo
Año2021
Páginas784
FormatoRústica
EncuadernaciónLas crónicas de Dune 01
ISBN978-84-663-5377-9
El mesías de Dune
TraducciónDomingo Santos
EditorialDebolsillo
Año2021
Páginas304
FormatoRústica
EncuadernaciónLas crónicas de Dune 02
ISBN978-84-663-5696-1

He durado mucho pensando en cómo escribir esta reseña, y siento que las reseñas hay que hacerlas con el libro fresco. El primero de Dune lo terminé hace un mes, mes y medio quizás; el segundo, hace unos veintidós días. No pretendo hacer un estudio a profundidad ni una tesis literaria: quiero dejar apuntadas las impresiones que me generaron los textos, antes de que se desvanezcan.

Sobrepensé mucho si hacer una reseña por libro, hasta que noté que de tanto pensarlo los recuerdos y las impresiones se me iban desvaneciendo. Hace unos cinco días terminé el tercero, Hijos de Dune, y voy a tratar de reseñarlo aparte lo más pronto posible: temáticamente es otra cosa (ya no es Paul el protagonista; el núcleo narrativo se traslada a sus hijos), pero es también el cierre del arco que los tres libros cuentan juntos.

Una angustia particular

Me pasa lo siguiente. A veces, con una amistad, con una relación de pareja, con situaciones cuyo final está, de algún modo, inscrito en el tiempo —que uno sabe que van a terminar de una u otra forma—, me descubro pensando en los escenarios en que eso va a acabar. Soy una persona muy consciente de la finitud de las cosas, para bien o para mal. Y hasta ahí, nada raro: que algo termine es lo esperable; es, desde nuestra perspectiva, una certeza. Lo que me angustia es otra cosa. En el momento en que pienso ese final, pienso también esto: algún día voy a recordar este preciso instante. Cuando aquello ya haya terminado, voy a acordarme de mí, aquí, imaginando cómo acababa. Y así sucede. El final llega, y regreso a este instante: lo veo desde el otro lado, y caigo en que el futuro que estaba imaginando es exactamente el presente desde el que ahora lo recuerdo. La angustia es esa: recordar el momento en que imaginé este recuerdo.

Si la desarmo, la angustia tiene una doble temporalidad. Primero hay una prospección de una retrospección futura: me imagino a mí mismo en el futuro, mirando hacia atrás, hacia esto que hoy es apenas una expectativa. Después, cuando el evento sucede, ocurre lo inverso: una retrospección de una prospección pasada; recuerdo activamente aquel momento en que me proyecté hacia este presente ya consumado. La angustia desborda el contenido del evento (que suele ser doloroso): se ancla en la conciencia lúcida de todo el bucle, en saberse sabiendo, y recordándose, a través de distintas instancias del tiempo. Anticipo un mal, sí, pero sobre todo vivo por adelantado su recuerdo, y después rememoro esa misma anticipación. La expectativa que estaba vacía se yuxtapone, al final, con la realidad que vino a llenarla.

Durante mucho tiempo esa angustia fue solo una manía privada: un bucle que yo detectaba en mí, que sabía describir, pero que no tenía dónde colocar. Leyendo Dune encontré un lugar donde ese bucle aparece convertido en el motor de una historia: en el poder y la condena de un personaje cuya vida entera consiste en habitarlo.

Porque el poder de Paul Atreides es exactamente ese. La presciencia, en el libro, es la capacidad (que la especia activa en una mente preparada para ella) de vivir el tiempo como quien contempla un territorio: pasado, presente y futuro dados a la vez, extendidos ante la vista. Y la profecía prospectiva es su consecuencia: cuando el vidente anuncia lo que vio, el anuncio empieza a organizar el presente y va fabricando el futuro que describe. Paul vive, a escala de imperio, la estructura de esa angustia que describía arriba: se proyecta hacia un futuro que ya conoce y, cuando ese futuro llega, lo reconoce como se reconoce un recuerdo; cada momento decisivo de su vida es la retrospección de una prospección. Ese tratamiento del tiempo, y del poder que el protagonista tiene respecto del tiempo, es lo que más me llamó la atención de la novela. Nuestra perspectiva sucesiva de los acontecimientos permea la cosmovisión y la textura misma de nuestro diario vivir: siempre pensamos en términos de inicio, desarrollo y final, porque nuestra vida sigue ese patrón. Es muy difícil imaginar (y más aún describir) un mundo que se salga de ese molde. Y Herbert logra ponerle palabras a algo que cuesta muchísimo poner en palabras: la experiencia de otra fenomenología temporal, de otra temporalidad.

«Paul, maravillado por la persistencia de los mitos Fremen, sintió que algo estrujaba su corazón, algo muy unido a la línea de su existencia: el adab, la memoria que exige. Recordó su habitación de niño en Caladan, hacía mucho… una noche oscura en la estancia de piedra… una visión. Había sido uno de sus primeros momentos prescientes. Hizo que su mente derivara hacia aquella visión, viéndola de nuevo a través de las brumas de sus recuerdos (una visión dentro de otra visión).»

Dune: Mesías

Yo llegué conociendo la trama por las películas, y resultó que eso no importaba: el libro revela desde el inicio lo que las películas guardan para el final. Toda la traición que va a sufrir Leto —el padre de Paul, el protagonista— se nos cuenta desde el principio; en el segundo capítulo ya estamos viendo a los Harkonnen discutir la trampa, y hasta se nos dice quién es el traidor. Donde cualquier otro autor hubiera jugado con ese misterio, Herbert volitivamente decide contárselo al lector de entrada. Uno está enterado de cómo va a terminar la tragedia antes que los personajes, y la apuesta más interesante es que, justo por eso, deja de leer para averiguar qué pasa y empieza a leer por cómo está contado. Sin darse cuenta, el lector queda puesto en una versión en miniatura de la condición de Paul (y de esa angustia que describía arriba): saber qué va a pasar sin poder hacer nada al respecto.

¿Y cómo narrar, con un lenguaje hecho por y para mentes que viven el tiempo como sucesión, la experiencia de una conciencia que lo vive como extensión? Herbert lo espacializa. Para el protagonista el futuro es un terreno que se recorre: habla de valles, de cumbres, de senderos que se bifurcan, de regiones en penumbra.

«La mente de Paul siguió funcionando con gélida precisión. Descubrió nuevas avenidas abiertas para ellos en aquel planeta hostil. Sin ni siquiera la válvula de seguridad de un sueño, enfocó su presciente consciencia, viéndolas como el cálculo de sus más probables futuros, pero con algo más, una franja de misterio… como si su mente se sumergiera en algún estrato intemporal donde soplaban los vientos del futuro.»

Dune

«Bruscamente, como si acabara de encontrar la llave necesaria, la mente de Paul ascendió otro peldaño en su consciencia. Sintió que estaba acercándose a otro nivel, sosteniéndose en aquel precario asidero y mirando a su alrededor. Era como el centro de una esfera a partir del cual las avenidas irradiaban en todas direcciones… pero esto era tan sólo una aproximación a sus sensaciones.»

Dune

«Recordó haber visto, en una ocasión, un pañuelito de gasa flotando al viento, y ahora percibió así el futuro, retorciéndose como aquella ondulante y variable superficie del pañuelo.»

Dune

«Vio gente. Experimentó el calor y el frío de incontables probabilidades. Reconocía nombres y lugares, experimentaba emociones sin número, recibía datos de innumerables e inexploradas fuentes. Tenía todo el tiempo para sondear y probar y examinar, pero no tiempo para modelar.»

Dune

«El todo era un espectro de posibilidades desde el más remoto pasado hasta el más remoto futuro… desde lo más probable a lo más improbable. Vio su propia muerte en innumerables versiones. Vio nuevos planetas, nuevas culturas.»

Dune

«Tengo otra visión. Veo otro paisaje: todos los senderos abiertos.»

Dune

«Este pensamiento despertó su seguridad y su alarma… demasiados lugares, en aquel otro modo suyo de ver las cosas, desaparecían o giraban fuera de su vista. Así, tan rápida como había venido, la sensación le abandonó, y comprendió que toda la experiencia había durado tan sólo el tiempo de un latido. Pero su consciencia había sido sacudida, cegada por una terrible luz.»

Dune

«Podía mirar hacia su propio pasado y ver su inicio: el adiestramiento, la afinación de sus talentos, las refinadas presiones de sofisticadas disciplinas, el descubrimiento de la Biblia Católica Naranja en un momento crítico… y, finalmente, la inclusión de la especia. Y podía mirar también hacia adelante —en las más terribles direcciones— y ver adonde conducía todo esto. ¡Soy un monstruo!, pensó. ¡Un fenómeno!»

Dune

«Aquella noche, en un determinado momento, había superado un decisivo nexo hacia el más profundo desconocido. Conocía las regiones temporales que lo circundaban, pero el ahora-y-aquí seguía siendo un misterio. Era como si se hubiera visto a sí mismo, desde lejos, desaparecer a través de un valle. Entre los innumerables caminos que salían del valle, algunos tenían el poder de conducir a Paul Atreides hasta su vista, pero muchos otros, no.»

Dune

«…pasado, presente y futuro vistos a través de un solo ojo… todos ellos combinados en una visión trinocular que le permitía ver el tiempo como si se hubiera convertido en espacio.»

Dune

«Aferrándose al presente, percibió por primera vez la monumental regularidad del movimiento del tiempo, complicada por vórtices, olas, flujos y reflujos, como la resaca batiendo contra los arrecifes.»

Dune

«Y lo que veía era el nexo temporal de aquella caverna, un rebullir de posibilidades concentrado allí, en el cual la acción más imperceptible —un parpadeo, una palabra irreflexiva, un grano de arena mal situado— actuaba como una gigantesca palanca, a través de todo el universo conocido.»

Dune

El porvenir descrito casi geológicamente: un relieve que se camina. En estas citas está el vocabulario completo con el que la primera novela piensa el tiempo: avenidas, senderos, valles, regiones, terreno. Herbert casi nunca explica el don en abstracto; describe el paisaje que el don abre, y deja que la geografía haga el trabajo conceptual. El efecto es que el lector, que solo puede vivir el tiempo como sucesión, camina por un momento sobre ese mapa imposible: entiende la presciencia con los pies.

Lo que la película no puede mostrar

Algo que me gusta de cómo opera Dune entre el libro y las películas es que un elemento central de la historia son los poderes mentales: los Mentats como supercomputadoras humanas, las Bene Gesserit como seres hipersintientes, hiperconscientes. Todo eso el libro lo narra desde un subjetivismo, desde el punto de vista de quien lo ejerce. Jessica, la madre de Paul, es una Bene Gesserit: pertenece a una antigua orden de mujeres entrenadas hasta un dominio casi sobrehumano del cuerpo, la mente y la percepción, que operan en secreto sobre la política y la genética del Imperio a lo largo de siglos. Cuando entra a un cuarto, la vemos observar cada detalle, cómo se pliegan las facciones de las personas, cómo transpiran; la vemos medirlo todo instantáneamente. En la película eso se pierde. Y lo mismo pasa con la presciencia de Paul: en el libro se nos explica cómo el fenómeno se le presenta (los valles, las penumbras, la carga enorme que supone), mientras que en la primera película solo vemos cortes, flashforwards: aparece Zendaya y no sabemos quién es, imágenes del futuro pero recortadas. No queda claro cuál es el poder preciso de Paul. Creo que la diferencia es estructural: la novela puede habitar una conciencia; la cámara solo puede observar un cuerpo. Por eso el cine muestra lo que un vidente hace, pero no lo que un vidente ve. Unos poderes que en el libro son una experiencia (una forma de percibir, de calcular, de sufrir) quedan reducidos en pantalla a sus resultados: gestos precisos, frases certeras, imágenes sueltas del porvenir. Y esa pérdida es cara: con la trama intacta, se va el acceso a la interioridad donde esos poderes significan algo, que es justamente donde Herbert juega su partida.

Escoger un futuro es negar todos los demás

El primer libro tiene para mí dos clímax narrativos. El primero llega cuando Jessica y Paul quedan en el desierto tras la toma de Arrakis por los Harkonnen. Ahí es donde Paul está más expuesto que nunca a la melange, esta droga psicoactiva que en el Kwisatz Haderach activa ciertas potencialidades de presciencia, y ahí comienza la historia de Muad’Dib: ese personaje que se le aparece en la presciencia y en quien decide convertirse. Porque al final del día él escoge ese camino, escoge ese personaje.

Creo que todo esto está atravesado por el concepto de hiperstición. El término, un cruce de «hiper» y «superstición» acuñado por Nick Land y el CCRU, nombra las ficciones que operan como agentes: ideas que se abren camino hacia la realidad hasta volverse reales. La profecía autocumplida se queda corta como comparación, porque en ella la creencia apenas empuja los hechos desde afuera; en la hiperstición la ficción misma actúa, trabaja, coloniza. Y en Muad’Dib eso es literal: el personaje que Paul ve en sus visiones, ese Muad’Dib todavía ficticio, va colonizando al Paul real hasta sustituirlo. Por eso conecta con la profecía prospectiva, concepto que atraviesa la obra y que recoge esa ansiedad anticipatoria que comentaba al inicio. Él es el que, al ver el futuro, decide cómo va a ser el futuro.

«He sucumbido al espejismo del oráculo, pensó. Y sintió que sucumbiendo a su espejismo se había fijado a una sola línea de su vida. ¿Era posible, se preguntó, que el oráculo no dijera el futuro? ¿Era posible que el oráculo hiciera el futuro?»

Dune: Mesías

Parte de la trama del segundo libro es exactamente ese conflicto: la contraposición entre poder ver todos los caminos posibles y solo poder escoger uno. El segundo libro desvela el poder de la presciencia como lo que en el fondo es: una cárcel. Esa visión de la universalidad de caminos temporales termina encerrando a quien la tiene, porque al ver puede escoger, y al escoger un camino niega todas las otras posibilidades; y sabe, al menos, hasta dónde va a llegar su caminata por ese valle (el valle es literal: viene de esa descripción casi geológica que el primer libro hace del plano temporal de la presciencia, ese relieve de cumbres y depresiones que el presciente recorre).

«Muad’Dib podía realmente ver el Futuro, pero hay que comprender que su poder era limitado. Pensad en la vista. Uno tiene los ojos, pero no puede ver sin luz. Si uno está en el fondo de un valle, no puede ver más allá de este valle. Igualmente, Muad’Dib no podía mirar siempre en el misterioso terreno del futuro. Nos dice que cualquier oscura decisión profética, tal vez la elección de una palabra en lugar de otra, puede cambiar totalmente el aspecto del futuro. Nos dice: “La visión del tiempo se convierte en una puerta muy estrecha”. Y él siempre huía de la tentación de escoger un camino claro y seguro, advirtiendo: “Este sendero conduce inevitablemente al estancamiento”.»

El despertar de Arrakis, por la princesa Irulan (Dune)

«Cualquier ilusión de Libre Albedrío que alimentara, prisionero en su jaula personal, no era más que eso, una ilusión. Su maldición residía en el hecho de que él podía ver la jaula. ¡Podía verla!»

Dune: Mesías

«Se sentía encadenado a un futuro que, expuesto demasiado a menudo, lo había ligado a algo parecido a un súcubo insaciable.»

Dune: Mesías

Y ahí está la tragedia: Paul prevé perfectamente la trampa que le tienden y aun así entra en ella a sabiendas, porque los futuros alternativos son peores. Ese es el núcleo trágico del personaje, y viene armado desde el primer libro: en el momento mismo en que su presciencia despierta, Paul ve que en su nombre van a morir millones, que la yihad que se desatará bajo su estandarte es inevitable, y que aun así ese es el mejor de los universos posibles: el único de los caminos visibles que no conduce, a miles de años vista, a la extinción total de la especie. Con eso tiene que cargar. Con caminar, paso a paso y con los ojos abiertos, hacia la muerte de billones y hacia la muerte de los seres que ama, sabiendo que cualquier desvío sería todavía peor.

La presciencia como ceguera: Edipo

Esa cárcel tiene otra cara: la presciencia es también una forma de ceguera. Y lo es en un sentido muy preciso: quien ya vio el futuro deja de mirar el presente. Vive dentro de la visión, recorriéndola como un libreto ya ensayado, y todo lo que queda fuera de lo visto se le vuelve invisible; ver un solo camino con claridad absoluta equivale a no ver ninguno de los otros. Por eso, cuando Paul pierde físicamente los ojos, casi no pierde nada: hacía tiempo que no miraba el mundo, miraba el recuerdo del futuro. Por eso creo que, tanto simbólica como narrativamente, Paul me recuerda tanto a Edipo (al menos el Paul del final del segundo libro). Queda ciego a causa de su propia decisión: vio ese futuro y, aun viéndolo, caminó hacia él.

«Érase un hombre tan sabio, / que metió la cabeza / en un lugar lleno de arena / ¡Y se quemó ambos ojos! / Y cuando supo que sus ojos estaban ciegos, / no se compadeció por ello. / Apeló a su otra visión / e hizo de sí mismo un santo.»

— Poema de niños, de la Historia de Muad’Dib (Dune: Mesías)

«Hay muchos grados de visión y muchos grados de ceguera, pensó Paul.»

Dune: Mesías

«Mientras miraba a sus tropas que empezaban a ponerse en pie a su alrededor, la bruma de los ojos de Paul se convirtió en tinieblas. Convocó a su visión oracular de aquellos momentos y entonces, encajándose en aquel surco que el Tiempo había excavado para él, comprobó que se correspondían tan estrechamente que ya no podía escapar. Tuvo consciencia de aquel lugar y momento como de una multitudinaria posesión, con la realidad mezclándose con la predicción.»

Dune: Mesías

«Según su ley, un hombre ciego debía ser abandonado en el desierto, y su agua ofrecida a Shai-Hulud. Pero los ojos ciegos de Muad’Dib veían.»

Dune: Mesías

«—¿Quién dice que estoy ciego? —preguntó Paul. Hizo frente a la galería—. ¿Tú, Rajifiri? Veo que vienes vestido de oro hoy, pero esa túnica azul que llevas bajo tus ropas está manchada del polvo de las calles.»

Dune: Mesías

«—Estaba ciego… realmente ciego —había dicho Tandis, como si esto lo explicara todo—. Antes de aquello tenía la visión, tal como nos había dicho… pero… […] Los Fremen ciegos eran abandonados en el desierto. Muad’Dib podía ser un Emperador, pero también era un Fremen.»

Dune: Mesías

Y al final decide cegarse también en otro sentido, dejar de mirar el porvenir: cede su camino causal y escatológico a sus hijos y renuncia a la elección. (De hecho, esa es una de las grandes pugnas del Predicador en el tercer libro, spoiler, donde se explora esa antítesis.)

«Os digo lo que el difunto Leto aprendió, que el mañana aún no ha ocurrido y que es posible que no ocurra nunca. Este momento de aquí es el único tiempo y lugar observables para nosotros en nuestro universo. Os digo que saboreéis este momento y comprendáis lo que os enseña.»

Hijos de Dune

«Muad’Dib os mostró dos cosas: un futuro cierto y un futuro incierto. Con plena consciencia, afrontó la suprema incertidumbre del universo más grande. Dejó ciegamente su posición en este mundo. Nos mostró que los hombres deben actuar siempre así, eligiendo lo incierto en lugar de lo cierto.»

Hijos de Dune

«Su mensaje es claro: abandonad toda certitud. […] ¡Abandonad toda certitud! Es la orden más profunda de la vida.»

Hijos de Dune

Igual que Edipo, que se ciega para no tener que responderle a sus hijos ni a su padre muerto por su profanación de lo sagrado:

«Corifeo: No veo el modo de decir que hayas tomado una buena decisión. Sería preferible que ya no existieras a vivir ciego.

Edipo: No intentes decirme que esto no está así hecho de la mejor manera, ni me hagas ya recomendaciones. No sé con qué ojos, si tuviera vista, hubiera podido mirar a mi padre al llegar al Hades, ni tampoco a mi desventurada madre, porque para con ambos he cometido acciones que merecen algo peor que la horca. Pero además, ¿acaso hubiera sido deseable para mí contemplar el espectáculo que me ofrecen mis hijos, nacidos como nacieron?»

Edipo Rey, Sófocles, vv. 1365–1380, c. 429 a. C.

Toda esta exploración de los poderes oraculares me remitió también, naturalmente, a la Sibila, a Delfos, a los auspicios: a cómo seguimos obsesionados con el tiempo. Ese mismo oráculo me devuelve a Edipo, ahora por el lado narrativo: también en su historia un oráculo es el centro. La exploración de poder saber el futuro, entender el presente o escudriñar el pasado a través de oráculos es, en algún extremo, la misma en Dune. La diferencia es que en la tragedia clásica es elemental que Edipo camine sin saber hacia ese futuro que ya está escrito. Con Paul el oráculo funciona distinto: él es el oráculo, ve de forma explícita y gráfica lo que puede pasar, y a la vez escoge.

Y, en otra clave, también me recordó a Eren Jaeger, el protagonista de Attack on Titan. Para quien no lo conozca (y con spoiler): el poder que Eren hereda le da acceso a los recuerdos del futuro. El mecanismo es exactamente el que vengo comentando: un yo futuro vive los acontecimientos, y el poder transmite esos recuerdos hacia atrás en el tiempo, de modo que el Eren presente recuerda cosas que todavía no han pasado. Los «recuerdos del futuro» son casi una traducción literal de lo que padece Paul, para quien el porvenir tiene textura de recuerdo. Y la tragedia también es la misma: en esos recuerdos Eren se ve cometiendo un exterminio, descubre que todos los caminos que su mirada alcanza pasan por esa atrocidad, y camina voluntariamente hacia ella (y hacia su propia muerte a manos de los seres que ama), convencido de que es el único desenlace que deja un mundo habitable para los suyos. El que ve el futuro y no encuentra en él un solo camino limpio, y aun así tiene que escoger uno y caminarlo, cargando por adelantado con todos sus muertos.

Nadar en las aguas del tiempo

El segundo libro empieza a explorar ese espacio temporal que es el plano de la presciencia, vivido desde adentro, a partir de metáforas más líquidas, de agua. Un guiño nada casual en un planeta donde el agua no abunda. Para medir el peso de ese guiño hay que volver, por un momento, al primer libro y a lo que el agua significa en Arrakis. Herbert se encargó de que el lector sintiera esa escasez en el cuerpo: los labios de Paul humedeciéndose cuando escuchaba de Arrakis, la gente llorando estupefacta y esperanzada ante las palmeras datileras, los destiltrajes de los fremen, el agua de los muertos.

«Con un traje Fremen en buenas condiciones, no perderéis más de un dedal de humedad al día… aunque os perdierais en el Gran Erg.»

Dune

«La costumbre, le había explicado el ama de llaves, quería que cada invitado, al entrar, sumergiera ceremoniosamente sus manos en uno de los cuencos, derramando parte del agua por el suelo, se las secara luego en una de las toallas, y arrojara después ésta al cada vez mayor charco de agua del pavimento. Después de la comida, los mendigos reunidos fuera podían recoger el agua retorciendo las toallas.»

Dune

«Deliberadamente se inclinó sobre la pulida superficie de la mesa y escupió en ella. […] —Te agradecemos, Stilgar, el presente que nos haces de la humedad de tu cuerpo. Y lo aceptamos con el mismo espíritu con que ha sido ofrecido —e Idaho escupió en la mesa, ante el Duque. Mirando a este, añadió—: recordad hasta qué punto es preciosa aquí el agua, Señor. Esta es una prueba de respeto.»

Dune

«Son palmeras datileras […]. Cada palmera datilera absorbe cuarenta litros de agua al día. Un hombre necesita solamente ocho litros. Una palmera, pues, equivale a cinco hombres. Aquí hay veinte palmeras… o sea cien hombres.»

Dune

«Este es el vínculo del agua. Conocemos los ritos. La carne de un hombre le pertenece; el agua pertenece a la tribu.»

Dune

«Una voz siseó: —¡Ha derramado lágrimas! Hubo un murmullo a lo largo del círculo: —¡Usul ha dado humedad al muerto! […] Era un presente al mundo de las sombras… lágrimas. Serían sagradas más allá de toda duda. Nada en aquel planeta le había dado hasta tal punto el sentido del valor supremo del agua.»

Dune

Toda esa construcción sensorial, tan recurrente (casi táctil, quizás), es la que hace detonar la escena del invernadero. Jessica encuentra, en la residencia de Arrakeen (la casa que los Atreides ocupan al llegar al planeta), una puerta sellada: detrás, la anterior ocupante dejó un invernadero de planeta húmedo, con plantas exóticas de medio Imperio, rocío en los pétalos, un brazo mecánico que riega y un derroche permanente de agua. Después de cien páginas de sed educada en el cuerpo, la escena se explica sola: algo hace clic. Se nota un lujo, una ostentación exagerada. Si una palmera datilera son cinco hombres, ¿cuánto es una rosa?

«Abrió totalmente la puerta, descubriendo una masa de vegetación iluminada por una luz dorada. ¿Un sol amarillo?, se preguntó. Y luego: ¡Cristal filtrante! Avanzó, y la puerta se cerró a sus espaldas. —Un invernadero —susurró.»

Dune

«Estaba rodeada de plantas y arbustos en macetas. Reconoció una mimosa, un membrillo en flor, un sondagi, una pleniscenta de flores aún en capullo, un akarso estriado de verde y blanco… rosas… ¡Incluso rosas!»

Dune

«Algo se movió en el verdor. Se tensó, luego se relajó al ver el sencillo servok automático con una manguera y un brazo de riego. En el brazo de riego llevaba un nebulizador, que proyectó una fina película de agua cerca de su mejilla.»

Dune

«Había agua por toda la habitación… en un planeta donde el agua era el más precioso jugo de la vida. Tanta agua malgastada hizo que se inmovilizara, aturdida.»

Dune

«Calculó que aquella agradable habitación usaba tanta agua como la necesaria para sustentar a mil personal en Arrakis… posiblemente más.»

Dune

Ese es el peso que el agua trae consigo cuando Mesías la convierte en metáfora del tiempo: decir que el tiempo es agua, en este universo, es decir que es lo más sagrado y lo más letal que existe. Y sobre ese fondo cambia también la física del plano temporal: si en el primer libro las descripciones eran físicas, topológicas (los prescientes veían valles y montañas y caminaban sobre ese relieve), aquí nadan. Edric, el navegante de la Cofradía, explica que puede ver por dónde ha pasado el Kwisatz Haderach en el tiempo como chapoteos de agua que dicen dónde estuvo; en otro pasaje se habla de "las aguas del tiempo" a través de las cuales se movía el oracular navegante, con peligros no revelados.

«Hay gentes y cosas en nuestro universo que conozco tan sólo por sus efectos —dijo Edric, con su boca de pez convertida en una delgada línea—. Sé que han estado aquí… allí… en algún lugar. Así como las criaturas acuáticas agitan el agua a su paso, los prescientes agitan el Tiempo. Sé donde ha estado vuestro esposo; pero nunca lo he visto, ni tampoco a la gente que comparte sus objetivos y le es leal. Este es el refugio que un adepto ofrece a todos los suyos.»

Dune: Mesías

«Las aguas del Tiempo a través de las cuales se movía el oracular Navegante sugerían peligros no revelados.»

Dune: Mesías

«La predicción es una consecuencia natural del oleaje del presente. […] ¿Sabe una hoja caída entre las olas hacia dónde es arrastrada? No hay causa y efecto en el oráculo. Las causas se convierten en corrientes y confluencias, lugares donde estas corrientes se unen.»

Dune: Mesías

«Paul se preguntó si le era posible explicar la fragilidad del oráculo, las innumerables líneas del tiempo que oscilaban ante él en su visión en una ondulante trama de posibilidades. Suspiró, recordando la temblorosa y fugaz visión de un hilillo de agua tomada de un arroyo deslizándose de entre sus manos. Empapó su rostro en aquel recuerdo. ¿Pero cómo podía empaparse en aquellos futuros que se iban oscureciendo bajo la presión de tantos y tantos oráculos?»

Dune: Mesías

«El torrente de su visión se disipó, transformándose en un profundo y tranquilo lugar donde las corrientes se movían absorbiendo la fuerza más allá de su alcance.»

Dune: Mesías

«La carne se rinde, pensó. La eternidad se retira. Nuestros cuerpos agitan brevemente estas aguas, danzan con una cierta intoxicación ante el amor a la vida y a sí mismos, se fijan con algunas extrañas ideas, luego se someten a los instrumentos del Tiempo.»

Dune: Mesías

«Su visión presciente había registrado estos momentos, pero había aislado su consciencia del oráculo, prefiriendo el papel de ser un Pez del Tiempo dejándose arrastrar por las corrientes que lo conducían.»

Dune: Mesías

«Sintió su propio cuerpo a través de aquel contacto: carne muerta arrastrada por las corrientes del tiempo. […] Ver la eternidad era exponerse a los caprichos de la eternidad, sentirse oprimido por infinitas dimensiones. La falsa inmortalidad del oráculo exigía su retribución: Pasado y Futuro se hicieron simultáneos.»

Dune: Mesías

Y hay cosas que generan turbulencias en esa agua, que impiden ver a los otros operadores que habitan ese espacio (cuando viven de saberlo, cuando dependen de saberlo). Aunque Paul tiene claro hacia dónde va nadando en esas aguas, se topa con otros operadores que le enturbian el espacio y no le permiten saber, en primer lugar, ni quiénes son. Eso lo explican Scytale y Edric al inicio del segundo libro: la reunión donde se planea destronar a Paul puede esconderse de su presciencia únicamente porque ahí hay otro operador de la presciencia, el propio Edric. Lo mismo con Hayt. Hayt es un ghola: un cuerpo recrecido por los tleilaxu, los maestros genetistas de este universo, a partir de la carne de un muerto, con su aspecto y sus destrezas pero sin sus recuerdos. Los tleilaxu se lo regalan al Emperador sabiendo que Paul reconocerá en él el rostro de alguien que amó y perdió, y que no va a poder rechazarlo. Ese es el diseño del cebo: un regalo imposible de rehusar que lo obliga a tomar decisiones que alborotan el agua y enturbian su propia visión. Y lo mismo, sobre todo, con el tarot de Dune: en el segundo libro se ha puesto de moda un tarot popular, y de pronto hay miles de personas consultando cartas para asomarse al porvenir. Esa multitud de pequeños vistazos enturbia las aguas del tiempo para todos, incluido el propio Emperador. Es la versión masiva del principio que gobierna todo este sistema: al buscar el futuro se afecta el futuro; cada consulta al oráculo es una piedra lanzada al mismo estanque que se pretende mirar.

«Princesa —dijo Scytale—, debido a la presencia aquí de Edric, el poder oracular de vuestro esposo no puede alcanzar ciertos incidentes, incluyendo éste… presumiblemente.»

Dune: Mesías

«Todos nosotros sabemos por qué la conspiración tan sólo puede ser llevada a cabo en mi presencia.»

— Edric (Dune: Mesías)

«Lo he hecho, pensó Paul. He aceptado el ghola. La criatura tleilaxu era un cebo, no cabía duda. Al igual que la vieja hechicera de la Reverenda Madre. Pero era el tiempo del tarot que había entrevisto en sus primeras visiones. ¡El temible tarot! Agitando las aguas del Tiempo hasta tal punto que el agudo presciente no podía detectar más allá de una hora en el futuro. Muchas veces el pez picaba el cebo y escapaba, se recordó a sí mismo. Y el tarot podía trabajar en su favor en lugar de en su contra. Lo que él no podía ver, tampoco podía ser detectado por los otros.»

Dune: Mesías

«Los poderes oraculares podían ser pequeños, pero el agua turbia no era más que agua turbia.»

Dune: Mesías

«No había forma de horadar el futuro y examinar aquello ahora. El futuro se había convertido en una lodosa corriente, repleta de protestas.»

— Edric (Dune: Mesías)

«Intentar ver Tupile a través de la presciencia —dijo Paul, hablando directamente para Irulan— sería suficiente para que Tupile me fuera ocultado.»

Dune: Mesías

Todo el segundo libro carga esa subtrama, esa dinámica de poder, esa guerra que se libra dentro del espacio de la presciencia: el tiempo como campo de batalla, como relieve en el que pelean múltiples bandos en pugna.

El paredón

Lo anterior conecta con el segundo clímax del primer libro, el combate final entre Feyd-Rautha y Paul. Para entender por qué importa tanto hay que saber que en ese universo pasó algo llamado la Yihad Butleriana: la humanidad se expandió desde la Tierra hacia el espacio utilizando máquinas inteligentes, y miles de años después esas inteligencias artificiales, cada vez más poderosas, se rebelaron. Hubo una guerra entre las dos facciones; los seres humanos ganaron, y el uso de cualquier inteligencia artificial (robots, computadoras simples) se convirtió en tabú. La novela, de hecho, describe muy pocos artefactos de este tipo; el que más recuerdo es justamente ese brazo mecánico que riega las plantas del invernadero de la casa en Arrakeen. El viaje interestelar quedó en manos de la Cofradía Espacial. Sus navegantes son seres humanos transformados por la exposición masiva a la melange: viven suspendidos en tanques de gas de especia, mutados hasta volverse semilíquidos, y la droga les da una presciencia limitada que usan para ver la ruta segura entre los planetas antes de cada salto. Sin ese don oracular, atravesar el espacio sería una apuesta ciega; por eso toda la civilización depende de la especia, y la especia solo existe en Arrakis.

Por eso, cuando Feyd-Rautha y Paul se enfrentan, todo el universo está expectante: ni las Bene Gesserit ni los navegantes que observan desde afuera pueden ver qué va a pasar después de esta pelea. Es como si en ese espacio temporal se levantara un paredón enorme; y saben que este momento es decisivo para la historia humana precisamente porque no pueden ver más allá de él. Es una manifestación temprana, dentro del primer libro, de eso que el segundo deja clarísimo.

«¡Piensa en ello! Los mejores navegantes de la Cofradía, hombres que pueden explorar a través del tiempo en busca de las rutas más seguras para los más veloces Cruceros, todos están buscándome… y son incapaces de encontrarme. ¡Cómo tiemblan! ¡Saben que aquí tengo su secreto! […] ¡Sin la especia están ciegos!»

Dune

«El futuro es tan confuso para mí como lo es para la Cofradía. Las líneas de visión se restringen. Todas se concentran aquí donde está la especia… pero ellos nunca se habían atrevido a intervenir antes… por miedo a que su interferencia les hiciera perder aquello que necesitaban absolutamente. Pero ahora están desesperados. Todos los caminos se hunden en las tinieblas.»

Dune

«El ojo que busca ante él el camino más seguro queda cerrado para siempre —dijo Paul—. La Cofradía mutilada. Los seres humanos convertidos en pequeños grupos aislados en sus aislados planetas.»

Dune

«Los navegantes de la Cofradía, con su limitada presciencia, habían tomado una fatal decisión: habían elegido el camino más fácil, seguro y cómodo, aquel que conduce siempre al estancamiento.»

Dune

«La Cofradía dejó entrever que sus navegantes, que usaban la especia de Arrakis para conseguir su limitada presciencia necesaria para dirigir las astronaves en vuelo, estaban “preocupados por el futuro” y que “veían problemas en el horizonte”.»

Dune


Si tuviera que poner el énfasis en algo al recomendar la historia que proponen estas dos novelas, sería en esta exploración de una temporalidad distinta, de otro plano del tiempo. Explorar el tiempo desde un lugar que es complicado traspasar a imágenes, pero que la prosa de Herbert ilumina: metáforas y recursos visuales que son, estética, topológica y físicamente, de una claridad total.

El primer libro es muy épico, tiene mucha acción; en las primeras cien páginas, sin contexto, uno puede sentirse un poco perdido, pero la prosa es fluida y el desarrollo lo hace particularmente entretenido. El segundo tiene un tono más político, más filosófico, más introspectivo: es ahí donde esta exploración que vengo comentando llega a su clímax, al menos en la historia de Paul Atreides. Es corto (aproximadamente la mitad del primero) y lo leí exageradamente rápido, en una semana. Desde hace mucho no leía tanto en tan poco tiempo.

Los análisis que he visto sobre el núcleo temático de esta obra se centran en su tratamiento del mesianismo o en su dimensión ecológica (quizá no he buscado lo suficiente). Son lecturas justas. Pero después de estos dos libros me parece que el verdadero protagonista de la historia, más que Paul, es el tiempo. El tiempo como fuerza: lo que corona a Paul y lo deja ciego, lo que levanta y deshace imperios. El tiempo como espacio: el terreno de valles y senderos del primer libro, las aguas turbias del segundo. El tiempo como vector: el campo donde combaten los oráculos y la dirección en la que todos, videntes o no, somos arrastrados. Hasta el título lo insinúa: una duna es tiempo vuelto paisaje, arena que se acumula y se desplaza. Paul, visto así, es el instrumento de medición más sensible que Herbert pudo construir: una conciencia expuesta al tiempo entero, puesta ahí para registrar cuánto cuesta verlo.